Más allá de los despachos
A menudo se piensa que el trabajo social se resume en gestionar recursos, firmar autorizaciones y redactar informes. Se imagina como una profesión de despachos y protocolos, de límites claros y barreras protectoras que, sobre el papel, separan al profesional de la persona a la que acompaña. Pero la realidad de este oficio, la que no se enseña en las facultades ni cabe en ningún manual de intervención, es que trabajamos a diario con el material más frágil y complejo que existe, el dolor, la esperanza y la vulnerabilidad humana.
Hay días en los que el peso de esta profesión te persigue hasta en los sueños. Días en los que la frustración se sienta contigo en el sofá porque ves a alguien a quien aprecias profundamente atrapado en dinámicas que le hacen daño, y te das de bruces contra la impotencia de no poder entrar en su cabeza para ordenarle las piezas. Como describe el concepto de fatiga por compasión el desgaste nos atraviesa cuando la empatía choca con la incapacidad de evitar el sufrimiento del otro. Queremos que aprendan a poner límites, que salgan de esos mundos paralelos donde se refugian para no sentir, que miren de frente a esa pared que está en ruinas y sean capaces de decir: «esto me hace danyo». Pero no podemos hacerlo por ellos. Nuestro papel, por mucho que a veces la impotencia nos desgarre por dentro, es secundario. Solo podemos estar ahí, sosteniendo el andamio, esperando a que estén preparados para abrir ese cajón donde guardan lo que duele.
El trabajo social como acto de fe y apego seguro
Y es en ese preciso instante, cuando se atreven a abrir el cajón, donde el trabajo social deja de ser un oficio para convertirse en un acto de fe. Ocurre a veces al final del día, en una conversación a media luz al borde de una cama, o en medio de una tarde cualquiera haciendo un recado sin importancia. Ocurre cuando una mirada te está chillando a gritos lo que la boca se niega a pronunciar camuflado en un simple «todo está bien». En esos momentos, la barrera del profesional se quiebra. Sientes el nudo en la garganta y las ganas de llorar te asaltan porque, detrás de la coraza de hierro, de las actitudes evasivas o de los silencios prolongados, ves a un niño asustado que solo necesita saber que hay un espacio de apego seguro para él.
“Educar y acompañar también es incomodar. Es tener la valentía de decir las cosas que no gustan, de desarmar excusas y de no conformarse con ser la figura plana que da permiso para salir de fiesta o gestiona la paga semanal.”
Querer a las personas con las que trabajamos implica protegerlas incluso de sus propios autoengaños, y eso exige ganarse a pulso un nivel de confianza que no viene de serie con el cargo. Exige mancharse las manos, abrir melones difíciles y exponerse a que la relación se tense.
El primer espejo que no devuelve una imagen rota
«Si tú no crees en mí, ¿quién va a creer en mí?». Cuando escuchas una frase así, entiendes de golpe por qué asumes este desgaste emocional continuo. Porque para muchos de estos jóvenes, el trabajador social, el tutor, el educador, es el primer espejo que no les devuelve una imagen rota. Somos la persona que les recuerda que tienen un corazón enorme y capacidades infinitas para ser lo que quieran ser, incluso cuando su historia o su contexto se empeñen en convencerles de lo contrario.
Duele, claro que duele. La empatía muerde y la responsabilidad a veces ahoga. Pero al final del día, cuando las luces se apagan y el silencio ocupa el espacio del ruido, sabes que ese desgaste tiene todo el sentido del mundo. No somos héroes ni salvadores, somos simples acompañantes en el tramo más difícil de sus vidas. La evidencia nos dice que el vínculo afectivo y la confianza son los mayores predictores de resiliencia. Y aunque a veces cueste respirar por todo lo que se nos acumula en el pecho, no cambiaría esta forma de sentir la profesión. Porque trabajar desde el corazón es, muchas veces, la única manera de enseñarles a usar el suyo.