Proud (HBO Max): análisis crítico del trabajo social desde la ficción polaca

He necesitado unos días para ordenar lo que sentí viendo Proud, la serie polaca de HBO Max que este año se llevó el Gran Premio del festival Séries Mania. Una historia sobre Filip, un joven gay, impulsivo y brillante, que de pronto se ve obligado a madurar cuando se convierte en el posible tutor de la hija de su hermana fallecida. Una serie hermosa, dura y con mucho que decir sobre el sistema de protección de menores, sobre la familia elegida, sobre Polonia y sobre quiénes somos cuando el Estado nos examina.

Y también sobre nosotros, los trabajadores y trabajadoras sociales. Porque hay una escena que no puedo sacudir de la cabeza.

La trabajadora social que ya tenía el informe escrito antes de entrar

Aparece una trabajadora social, a la que en la ficción llaman “la asistenta”. Llega al domicilio de Filip con el teléfono en la mano, apunta en silencio, mira sobre el hombro y transmite desde el primer segundo que ya tiene su informe escrito antes de haber cruzado la puerta. Pide permiso para ir al baño. Entra. Y en lugar de usarlo, registra. Busca. Olfateo de Estado. Sin permiso, sin transparencia, con la soberbia de quien cree que su cargo le autoriza a saltarse los derechos de la persona que tiene delante.

Y luego, sin aparente conflicto interno, verbaliza algo que debería hacer sonar todas las alarmas éticas de nuestra profesión: que un hombre homosexual nunca obtendrá la custodia de una menor.

Lo que esa señora hace en la serie no es trabajo social. Es prejuicio con carnet oficial. Y eso, en nuestra profesión, es una deuda pendiente que a veces no queremos mirar.

El sesgo LGTBI+ en la protección de menores no es solo un problema polaco

Podemos contextualizar. Polonia tiene un marco político conservador en el que la LGTBI+fobia no es únicamente una actitud individual, sino una posición estructural e institucionalizada. La investigación internacional lo documenta con claridad: las personas LGTBI+ encuentran barreras sistemáticas en el acceso a los servicios de bienestar infantil, incluidas las evaluaciones de custodia y acogimiento, tal y como recoge la revisión de Brown et al. (2017) publicada en PMC/NIH. La Asociación Americana de Psicología (APA) lleva décadas señalando que la orientación sexual de los progenitores no es un factor determinante en el bienestar de los menores, y que los sesgos homófobos distorsionan profundamente los procesos judiciales de custodia.

Contextualizar es necesario. Pero contextualizar no es absolver. El sesgo no desaparece porque tenga nombre de contexto político.

Leer antes de juzgar: el expediente como punto de partida

Antes de cruzar la puerta de ese piso, lo primero es leer. Los informes previos existen. La historia de Filip y su hermana, los dos criados en centros de menores y trasladados de uno a otro por situaciones de abuso a manos de sus propios cuidadores, es información crítica que cualquier profesional competente tendría encima de la mesa antes de presentarse. No se llega a una valoración de custodia sin haber consultado el expediente. No sólo porque sea metodológicamente correcto, sino porque esos datos te dicen algo fundamental sobre cómo esa persona percibe el sistema de protección. Alguien que ha vivido la tutela institucional como un espacio de vulneración, no de cuidado, no va a recibir a una trabajadora social con los brazos abiertos. Necesita que le demostremos que esta vez es diferente. Y eso empieza, siempre, por escuchar antes de juzgar.

La visita domiciliaria: herramienta profesional, no inspección policial

La visita domiciliaria es una de las herramientas más potentes y más delicadas de nuestra caja de herramientas. La literatura especializada la define como una técnica de obtención de información directa en el entorno del usuario que permite complementar la valoración del caso social con datos inaccesibles desde un despacho. Pero esa potencia viene con una condición que no es negociable: el consentimiento informado y el respeto activo a la dignidad de la persona.

El protocolo técnico es claro: toda visita debe realizarse con consentimiento, explicando el propósito, respetando la privacidad y los derechos del usuario. Podemos pedir ver el baño. Podemos pedir ver la habitación del bebé. Podemos preguntar por la organización del espacio. Pero siempre explicando el porqué, siempre pidiendo permiso, siempre escuchando la respuesta. La diferencia entre una visita profesional y una inspección policial no está en lo que miramos, está en cómo llegamos y con qué actitud lo hacemos.

El Código Deontológico del Trabajo Social del Consejo General de Trabajo Social de España es explícito en este punto: el respeto a la dignidad de las personas, su autodeterminación y su derecho a la privacidad no son opcionales. Son el núcleo de nuestra práctica. Cuando una profesional miente para acceder a un espacio, no sólo viola la ética deontológica. Invalida moralmente todo lo que pueda encontrar después.

La intervención no es focal: Filip también importa

La trabajadora social de la serie va a evaluar el entorno físico del bebé. Punto. Pero el trabajo social en protección de infancia no puede ser focal. No es sólo la habitación. Es Filip. Su historia, su capacidad de vinculación, su red de apoyo, sus planes de futuro, su relación con el trauma que arrastra desde la infancia. En ningún momento de la escena hay una conversación real con él. No se le escucha. No se le pregunta. Se le observa como si fuera un elemento del entorno más a registrar.

La valoración de idoneidad en acogimiento familiar recogida por el Observatorio de la Infancia es un proceso multidimensional que incluye el análisis de la historia vital del candidato, su capacidad de resiliencia, sus habilidades parentales potenciales, su red de apoyo social y su comprensión del rol que asume. No es una inspección de vivienda. Es una conversación profunda y sostenida en el tiempo. La Ley 26/2015 de modificación del sistema de protección a la infancia y a la adolescencia insiste en el principio del interés superior del menor como eje transversal, lo que obliga a los y las profesionales a valorar el contexto de forma integral, más allá de los indicadores superficiales.

La familia elegida también cuenta

En la serie también aparecen los amigos de Filip. Su familia elegida. Las personas que están ahí, que conocen a la bebé, que han estado presentes desde el primer momento. La trabajadora social los ignora por completo. Un error enorme. La red de apoyo informal es un factor protector de primer orden. Entrevistar a esas personas, integrarlas en la valoración, entender cómo funciona ese núcleo de cuidado ampliado, es parte esencial del trabajo. No sólo porque aporten información, sino porque revelan la capacidad de ese entorno de generar bienestar real para una menor.

El trabajo social como eje integrador, no como pieza aislada

La psicóloga evalúa el perfil individual. La abogada gestiona el marco legal. Pero es la trabajadora social quien debería articular esas piezas, pedir los informes médicos, psicológicos y judiciales, analizarlos en conjunto, y construir una imagen de la situación que ningún otro perfil profesional puede construir en solitario. Ese es nuestro valor diferencial: la intervención domiciliaria no es un instrumento aislado, sino una fase dentro de un proceso más amplio de diagnóstico y acompañamiento.

Y una última cuestión que la serie no muestra porque no llega a ese punto: informar. Sea cual sea el resultado de la valoración, la persona evaluada tiene derecho a saber cuáles son los próximos pasos, qué recursos existen y qué puede hacer a continuación. Eso no es cortesía profesional. Es un derecho. Y también es trabajo social.

 

Una serie que incomoda porque es un espejo

Proud es una serie que vale la pena ver. Vale la pena precisamente porque incomoda. Porque pone en pantalla un sistema que funciona mal, y a una profesional que funciona mal dentro de ese sistema, y nos obliga a preguntarnos hasta qué punto estamos dispuestos a reconocernos en esa imagen o a hacer algo para que nadie nos identifique con ella.

No todos sentimos esta profesión de la misma forma. Eso es una realidad, y es una conversación que tenemos pendiente dentro del propio sector. Pero lo que sí debemos tener claro es que el trabajo social existe para acompañar, no para vigilar. Para escuchar, no para registrar en silencio. Para proteger a la persona más vulnerable de una historia —en este caso, una bebé— sin sacrificar en el proceso la dignidad de quien va a cuidarla.

Eso es lo que esa señora olvidó al cruzar la puerta. Y eso es lo que nosotros no podemos permitirnos olvidar.

José Ángel Bueso Gutiérrez
Trabajador Social — CEO Angel Bueso Social Worker

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